POLITICAS SOCIALES:Política y cultura frente a la sociedad desigual.
Las sucesivas y traumáticas crisis que han afectado a México desde los años setenta, así como el cambio en sus estructuras e instituciones políticas y económicas, buscado y en parte realizado desde el Estado, han conmovido a la sociedad en su conjunto y la han llevado a preguntarse por la viabilidad de la nación de cara a las realidades ominosas de desigualdad social y lacerante pobreza.
Sin embargo, tanto desde la sociedad como desde el Estado se ha podido mantener una capacidad de iniciativa e innovación, que permite hablar de una sociedad nacional que, como tal, puede diseñar y realizar un futuro mejor. Es factible y tiene incluso un sustento racional, hablar de una nación con una cultura propia; quizá hoy sea más propio que antes hablar y pensar en un Estado con crecientes capacidades endógenas de reproducción, debido entre otras cosas a la democratización política que lo ha dotado de nuevas, aunque frágiles, fuentes de legitimidad. Una cultura nacional, con raigambre popular e histórica, así como un Estado que puede pretender articular de nuevo, esta vez en clave democrática, las contradicciones y los sentimientos de una sociedad dinámica y compleja, aunque profundamente desigual, forman dos de los grandes activos para una construcción consciente del o los futuros mexicanos.
Tanto las evoluciones demográficas como algunos de los logros del cambio estructural, sobre todo los vinculados al comercio exterior, apuntan en la dirección de una salida positiva para el crecimiento económico, lo cual serviría para empezar a cumplir con los requisitos que se consideran elementales para abatir la pobreza extrema.
Asimismo, la explosiva diversidad social que caracteriza al México actual, permite vislumbrar escenarios de mayor creatividad colectiva, sin que tenga que admitirse como fatalidad la escisión de que es portadora la desigualdad galopante. El comportamiento de la migración interna y externa, junto con las conductas observadas al calor de las fracturas en el mercado de trabajo, sugieren la emergencia de nuevos comportamientos grupales e individuales, merced a los cuales esos grupos e individuos desarrollan una flexibilidad que les permite adecuarse a diversos escenarios regionales, productivos y nacionales, sin que ello implique necesariamente la irrupción de fuerzas centrífugas contra las comunidades de origen o la nación misma. Esto nos refiere a unos conocimientos y aprendizajes vinculados a la adopción de una segunda o tercera cultura, a partir de los cuales puedan darse diferentes modalidades de mezcla o combinación de experiencias, pero donde a la vez pueda predominar una capacidad de adaptación autónoma a otra forma productiva o cultural.
Este tipo de acción social permite pensar en la fortaleza de la cultura que se expresa en su capacidad de adaptación a nuevos ámbitos sociales que son reconocidos como valiosos. Fuerza que se manifiesta en la capacidad de conservar valores y experiencias que, en contextos de cambio social o económico acelerados, pueden constituir soportes para la cohesión social, y a la vez darle a la capacidad de adaptación mejores perspectivas con un horizonte nacional.
No está demás tener presente que la tolerancia y la capacidad de adaptación, han sido elementos sobresalientes de la experiencia mexicana durante el siglo XX. Valores que le han permitido conservar la unidad básica ante los esquemas binarios de tradición y modernidad que se han exacerbado en años recientes.
Frente a la pobreza social y a la dificultad económica, pueden adelantarse las reservas de la cultura como fuentes no sólo de memoria colectiva sino como apoyos vivos para nuevas iniciativas educativas de alcance masivo y ambición histórica. Para empezar a decir no a lo pobreza económica, habría que redescubrir y afirmar formas de la cultura que subyacen a las oportunidades de educar. En este sentido, la cultura de México, entendida como impulso universal, le ha ganado la partida, una vez más a las leyes de la economía y la política, lo cual debería darnos, de momento "una módica sospecha de triunfo, aunque algunos tesoros de la inteligencia puedan dedicarse al servicio de la ignorancia cuando es profunda la necesidad de una ilusión".2
Nunca como ahora habíamos estado tan expuestos a imágenes y mensajes del exterior, y quizá nunca como ahora los términos de la concepción de la cultura nacional se han acercado tanto a describirla, como lo planteaba Guillermo Bonfil, no como una cultural uniforme, sino "como el espacio fértil coexistente de las diversas culturas que heredamos".
Tradición y modernidad no tienen por qué representar polos opuestos e incompatibles; mediante el ejercicio cultural se puede aspirar a asirlos en una ecuación virtuosa. Si bien aparecen con renovada fuerza tendencias hacia un individualismo no sólo posesivo sino agresivo y hasta destructivo, la comunidad y la familia persisten y se vuelven instituciones de conservación y defensa frente a un cambio que a veces se presenta como devastador. En este sentido, la existencia de lazos efectivos y lealtades de una cultura comunitaria no nos remite necesariamente a la presencia de lo no moderno.
En una sociedad heterogénea, como la mexicana, no existen pautas culturales uniformes sino diferencias de clase, identidades étnicas y regionales, creencias y tradiciones que conviven en forma desigual, e incluso contradictoria, en diversas temporalidades y espacios, conjugando modernidad con tradición. Por ende, la sociedad mexicana cambia y se moderniza con diversos ritmos, en ámbitos desiguales, pero lo hace sin abandonar algunos elementos y referentes culturales presentes en ella desde hace siglos.
A pesar de los avances alcanzados y mantenidos en medio de las crisis recientes, y de que el siglo XX es el tiempo en que se construyeron los derechos sociales, los datos de desigualdad social y de ampliación de la pobreza en México hablan por sí solos; ni el mercado ni la democracia emergentes prometen no bastan para su pronta superación.
En 1995, la Cumbre de Desarrollo Social concluyó que -globalmente- el número absoluto de personas viviendo en la pobreza se estaba incrementando, que el índice de desempleo permanecía alto, y que la desintegración social seguía creciendo3. Frente a estas tendencias, muchas de las cuales México comparte, surgen múltiples incógnitas sobre la posibilidad de abatir la pobreza en plazos razonables y de construir redes y sistemas de protección social que permitan ampliar las expectativas de la existencia social y material de los mexicanos del próximo siglo.
No obstante, sabemos también que en nuestro país se han dado circunstancias y momentos históricos que han permitido combatir la pobreza y ampliar la movilidad social. Si recurrimos a la memoria histórica, veremos que ello fue posible gracias a la construcción de acuerdos políticos amplios que permitieron la creación de un entramado de instituciones sociales, así como a la conjunción de círculos virtuosos entre crecimiento económico, incremento del gasto social y aumento del empleo, que permitieron aumentar la gama de oportunidades laborales, ampliar las clases medias y abrir una expectativa de bienestar futuro, muchas veces concretada en mejoras permanentes para muchos mexicanos.
Esos años fueron también de movilización política y ambición cultural. Si bien las tendencias sociales no son alentadoras, hay razones morales y éticas, y desde luego imperativos políticos, que pueden llevar al conjunto de la sociedad a responder positivamente ante el más oprobioso de nuestros rezagos, resumido en la pobreza de extrema de masas. Imponer un nuevo rumbo al bienestar social no se limita por lo tanto al ámbito económico (aún cuando es claro que con la mitad de la población en condiciones de pobreza, no existen posibilidades para que se concrete un desarrollo abierto y competitivo como el que se ha buscado implantar en los últimos lustros), la pobreza también impone límites a nuestra opciones democráticas y, si no impulsa, sí justifica la irrupción de opciones antidemocráticas aunque se presenten como justicieras. Esto permite proponer, de nuevo, la cuestión social como una parte orgánica de un acuerdo político en lo fundamental.4 Éste podría empezar a corregir, de modo sostenido, los extremos de la desigualdad y la pobreza. Al llevarlo al terreno de la asignación de los recursos públicos, a través de los presupuesto y las leyes impositivas, así como de la política de descentralización y construcción federalista que hoy parece tener gran consenso, este pacto o acuerdo podría convertirse en mecanismo de concertación social que reforzara las capacidades de cohesión nacional que hoy se busca con la democratización de la política y del Estado.
La creación de foros de deliberación pública, así como de cuadros instrumentales específicos, debería hacerse cargo de manera explícita de la diversidad compleja que define a México, así como de la creciente dificultad de la política estatal y de la política en general, para funcionar como los grandes articuladores de las interpelaciones económicas y sociales. Para avanzar en una iniciativa como la propuesta, es fundamental una deliberación pública que ensanche la institucionalidad que es propia de todo Estado democrático. De esta manera, se podría aspirar a crear nuevos modos de cohesión social y nacional en torno a un desarrollo más incluyente.
Amartya Sen, Premio Nobel de Economía,5 ha señalado la necesidad de un nuevo pacto social a partir de una tesis muy sencilla: ninguna sociedad puede actuar (libre y democráticamente) con elevados niveles de pobreza. Aunque evidentemente la problemática es abrumadora y multifacética, la visión que Sen plantea es alentadora: cambiar los términos en que se piensa lo social y aceptar racionalmente que puede prevalecer un pacto político y social que subordine el interés individual al colectivo.
Sabemos que los alcances del Estado son ahora más estrechos que los que se imaginaban en la primera mitad del siglo, como también que la acción estatal no puede rebasar impunemente los linderos del Estado moderno, determinados por el criterio de la igualdad política. El desarrollo o la equidad que se pretenden podrían verse conculcados de optarse por vías que no consideren en serio esos límites. Pero se trata, lo sabemos también, de fronteras que pueden ampliarse y volverse más flexibles de lo que en el inicio parecen, gracias a la acción política y a la ampliación de la educación y la cultura.
Adoptar y adaptar la sencillez de Amartya Sen y forjar una serie de convocatorias para retomar la naturaleza social del Estado, ahora basada en una mayor presión desde la base de la sociedad y de la nación, donde el reclamo social se diera la mano con el nuevo reclamo federal y de reivindicación de lo local, permitiría establecer acuerdos específicos y dar prioridad a los compromisos y a las tareas colectivas que exigen la lucha contra la pobreza y la desigualdad social.
FUENTE:
Esta pagina es de mi interes ya que aborda el tema de politicas sociales por excelencia en America Latina y en especifico a México, es decir, hace referencia a los variados cambios culturales y sociales de nuestra estructura, y esto se deriva en la reestructuracion de las instituciones de estado que se tienen que adaptar a los distintos fenomenos sociales, en los cuales se tiene que contar con una participacion plena de dichas organizaciones.